"La pianola" de Kurt Vonnegut.

Editada por Bruguera en 1977. Inencontrable, como casi todo lo bueno.

Tal vez sea ésta la novela de Vonnegut más triste que he leído, a pesar de que todas tiñan melancólicamente de amargura el tiempo de lectura y sobrecojan al poner de manifiesto la banalidad y la estupidez de la maldad humana. En este caso la locura no juega ningún papel, como sucederá en la mayoría de sus obras posteriores, y tampoco aparece el suicidio, consumado o en grado de tentativa, ni siquiera tangencialmente. Nadie se vuelve loco ni tampoco se suicida. O tal vez sí. Aún no es Vonnegut, que dirían algunos. Y no lo es, o tal vez no lo era, además, porque tampoco nos reímos al leerla.

Lo que tienen de absurdo las situaciones o los personajes no se debe en absoluto a la imaginación, si lo son, es por ser radicalmente reales o cotidianos. Ni un solo ingrediente de ficción en la parodia. De ahí tal vez lo extraño del premio que se otorgó a la obra en 1953, el International Fantasy Award, galardón dedicado a la literatura de ciencia ficción. Está claro que hay ficción, de lo contrario no sería una novela, y que igualmente hay ciencia, al menos porque la obra se desarrolla en unos Estados Unidos futuros gobernados por máquinas, ingenieros y ejecutivos, es decir una sociedad tecnocrática o “epistemocrática” donde los cocientes de inteligencia más altos y entregados existencialmente a la tecnología dominan al resto. Planificación cientificista de la sociedad, ideal del positivismo político cumplido y férreamente implantado, donde las computadores realizan sus cálculos impersonales y deciden cuántas personas y para qué faltan. Paradigma de la eficiencia económica radical implantado por la enorme y única multinacional. Gobierno y empresa se difuminan.

La pianola no es una novela de ciencia ficción, es más parecida al día a día, al mundo contemporáneo aunque, cierto es, con algunas salvedades. Sólo los inteligentes trabajan en cargos importantes, ocupan su tiempo realizando una labor trascendental a nivel social, otros se dedican a tareas de mantenimiento y restauración o participan de una institución militar que no debe defender nada porque no hay guerra alguna, pero la gran mayoría no hace nada, y ahí está el problema. Lo que antiguamente, según la cronografía de la novela, era el proletariado, ahora se encuentra condenado a una perpetua obligación a la pereza, en la que liberado de cualquier carga laboral por las máquinas, goza de todo su tiempo libre. Incluso el ámbito privado se haya invadido por la tecnología, también las tareas del hogar son cosa de máquinas. Y en esto Vonnegut coincide con el socialismo marxista, el hombre que carece de labor dejará de sentirse útil, lo que acabará con su autoestima, con su dignidad, con su libertad y su sentido.
Un mundo poblado de existencias vacías, donde la alienación radical no viene de la enajenación de la fuerza de trabajo, que recae ahora enteramente en los artefactos, sino en la enajenación total del sentido de la vida.

En este contexto el libro nos describe la génesis de un nuevo ludismo y su consumación revolucionaria y, por lo tanto, pone en juego algo así como una teoría pesimista de la revolución política, de sus desmanes y sus éxitos siempre aplazados.

Paul Proteus, el protagonista, es uno de estos ingenieros encumbrados que se ha cansado no sólo de su anodina existencia sino además de esa condena al absurdo de la gran mayoría de la gente. Pretende romper con todo y encontrar un lugar donde reencontrarse consigo mismo y su condición humana. Sus sueños territorializan para cumplirse una pequeña granja, carente de maquinaria pero no de inquilino, que adquiere con los suculentos ahorros consecuentes con la vida en la élite. La salida se espera en la intimidad, con su mujer, Anita, a la que no deja de amar en ningún momento, pese a su infidelidad con la mediocridad ambiciosa encarnada. Pero la revolución no es algo que pueda hacerse en el salón de casa y más cuando mucha gente opina como tú y contempla en ti un símbolo de la misma. A Paul Proteus le convierten en líder, cabezilla subversivo del ludismo del mañana, aquellos que sueñan como él, aquellos que consideran que el cambio será más efectivo si viene de los de arriba, como es el caso.
Pero la moneda incendiaria tiene dos caras. Saboteador o delator. También están los dueños de las altas esferas que lo quieren como infiltrado y cómplice. Y esto si es una constante vonnegutiana, la delación, la traición, los dos polos que miden la ambición del ser humano, el conflicto entre deberes y la resolución obligada por uno de los dos.
A veces la traición es un derecho y, por lo mismo, una obligación. Al elegir saboteamos o traicionamos los posibles no realizados, y no siempre para bien, diga lo que diga Leibniz. Paul Proteus se debe a la casta a la que representa en la misma medida en que se debe a sus sueños.

Pero las revoluciones siempre acaban mal porque no hay revolución sin “hybris”, sin lo desaforado irracional, sin la destrucción incontrolable, sin el placer en el terror, sin cólera vengativa, sin el regreso al punto de partida. Toda revolución es una batalla perdida, y este sentido puede que aparezca el suicidio en la novela, en tanto que inmolación colectiva, en tanto que los cabecillas siempre acaban guillotinados y que tras un monarca absoluto se instaurará a un emperador en el trono.

El hombre no puede vencer a las máquinas porque las máquinas son su esencia, porque la técnica hace de él lo que es, porque no podemos saltar y no caer en nuestras sombras. La cuestión es si el ser humano hace la herramienta o la herramienta da lugar al hombre, si la antropología es tecnología, si la visión técnica de nosotros mismos es la única que nos queda.

De todas maneras, la realidad es más bella soñando porque el soñar hace un mundo, dota a la existencia de sentido allí donde de otra manera sería imposible, con o sin máquinas, cuando soñar no es eficaz, ni útil y surge del preñar las emociones de nosotros mismos, y nos recuerda que a pesar de que nos desposean de nuestra libertad y nuestra dignidad no podremos dejar de ansiar realizarlas en lugares más justos y mejores.