"Jaulas vacías" por Tom Regan

La obra se organiza a partir de, al menos, tres disquisiciones a partir de las cuales se puede abordar la cuestión de los derechos de los animales. La última se articula a partir de la praxis atroz que la especie humana dedica al resto y que comentaré en último lugar.

Guiado a partir del comentario biográfico en el que se nos narra cómo Tom Reagan se convirtió al animalismo desde la total conciencia especista, partimos de la caracterización general de los ARA, Animal Rights Advocates, o lo que es lo mismo, defensores de los derechos de los animales, que se esfuerza en desvincular de los movimientos violentos antisistema, pese a la gran variedad de posiciones que configuran la acrisolada conciencia ética animalista. A grandes rasgos, son caracterizados como miembros cívicamente ejemplares de cualquier comunidad, frente a la descripción que suelen hacer de ellos los medios de comunicación, descripción que consiste en reducir cualquier movimiento antiespecista con los miembros del Animal Liberation Front (ALF). Los ALF son ARA, pero no todos los ARA son ALF, es más, según el autor los miembros del frente liberador no son sino una minoría dentro del gran movimiento por la dignidad animal. Dada la íntima ligazón entre la posición antiespecista con el pensamiento gandhiano, entre otros, la liberación animal bien entendida pasaría por el pacifismo no radical, es decir, sostendría que la violencia es la última de las alternativas legítimas. Alimentando este argumento, el autor emplea ejemplos de cómo las grandes multinacionales alimentarias, peleteras, farmacéuticas, &c, contratan a individuos para que realicen acciones violentas contra sus intereses con el solo fin de desprestigiar el movimiento animalista. Por otra parte, son estas multinacionales las que sostienen con cuantiosas sumas, dedicadas a la publicidad, a los medios de comunicación encargados de elaborar las noticias. Queda claro que los ARA son sujetos perfectamente integrados socialmente, respetuosos con el marco legal de turno, a los que se enfrentan poderosísimos enemigos enriquecidos con la explotación animal.

Otra de las interesantes líneas de fuerza de la obra consiste en la fundamentación moral de los derechos de los animales, así como la crítica de los argumentos detractores. La justificación radica en contemplar a los seres sintientes como sujetos-de-vida, es decir, seres que están en el mundo, que son conscientes de sus avatares, que se interesan individualmente por lo que les pasa y que, en este sentido, no hay diferencia en función de la especie, es decir, que cualquier ser dotado de sistema nervioso es lo mismo, esto es, sujeto de vida y por lo tanto de derechos.

Con respecto al otro gran apartado, al que concierne a las atrocidades humanas cometidas, decir que el autor se esfuerza en presentarlas bajo el amparo de las leyes establecidas en los Estados Unidos contra el maltrato animal. Tanto la industria alimentaria, la peletera, las multinacionales dedicadas a la química, los productos farmacéuticos y cosméticos, como los circos, los zoológicos y los refugios de animales perdidos o abandonados, no detienen su maquinaria bárbara y torturadora precisamente porque es perfectamente legal. Estas leyes, ocupadas en proporcionar a los animales bienestar y amparo, protegen todo lo contrario. Es bien conocido que en todo el mundo se han promulgado leyes similares a la Animal Wellfare Act, e igualmente la mayoría de personas conoce, o puede conocer, cómo proceden los criaderos, los mataderos o los circos que emplean en sus espectáculos animales. Estos constructos legales no son sino la garantía jurídica ocupada en defender la mala praxis antropológica. Por lo tanto, donde pone “bienestar” deberíamos leer “crueldad”, o lo que es lo mismo, las multinacionales y sus colaboradores, los Estados, mienten. No desean proteger los intereses de los animales, sino los económicos, desplegando la cobertura legal requerida para practicar la tortura.
En este sentido también es interesante el texto en la medida en que la valoración del sufrimiento se realiza, en parte, en términos cuantitativos. Miles de millones de animales son empleados por el ser humano para alimentarse, cubrirse, entretenerse o formarse. Miles de millones de vidas son sacrificadas.

Sin embargo, y puede que esto se deba a que el público al que en principio va dirigida la obra es estadounidense, para referirse al hecho de que las multinacionales mienten al referirse al “bienestar de los animales” y la “humanidad de sus prácticas”, el autor se refiere al hecho como “afirmación desconectada”. No, las empresas mienten, no afirman desconectadamente. Los eufemismos sólo se emplean cuando damos por hecho que nuestro interlocutor es un niño o un imbécil, y la palabra no debe maquillarse o emplearse con docilidad cuando lo que está en juego es la verdad referida al dolor, el sufrimiento y la muerte.

Además, el libro nos proporciona una profusa información bibliográfica, como también lugares virtuales donde recabar información. Y remite a una página web donde podemos completar la obra con documentos gráficos relativos a cada apartado: http://www.tomregan-animalrights.com/, cuya visita es más que recomendable.

Así, “Jaulas Vacías” es una obra imprescindible para todos aquellos que estén interesados en la cuestión de los derechos de los animales y, como sucede a menudo con las cuestiones fundamentales, la obra está agotada y es difícil de encontrar.