"Nosotros" de Yevgueni Zamiatin

Distopía. Algo ocurre con las utopías contemporáneas que no se da con anterioridad en el género. Dejan de mostrar mundos mejores para enfrentarse al peor de los posibles, y ése es el caso. Esa posibilidad de lo peor se traza a partir de la racionalidad pura matemática, dando lugar a una obra de ingeniería social totalitaria: el Estado Único. Allí donde no hay nombres sino números de pila, donde no hay dioses sino un "Bienhechor" que todo controla como una enorme araña mecánica que vela por la felicidad esclava de millones de personas y teje el universo transparente e identitario de una ciudad de cristal encerrada tras un muro, más allá del cual los salvajes traman su destrucción, su acabarse en el tiempo. Otro apocalipsis fallido, traicionado por la lobotomización de la fantasía. Donde no hay pasión sólo debe quedar la razón pura, la estricta pendiente hacia la verdad de las ecuaciones, la inhumanidad de la ausencia del error y el sueño. Porque sólo lo humano se equivoca, al contrario que la máquina.

Nosotros, el aparato, y ellos, deseo, Ello, como una distorsión, una anomalía en su corteza, algo parecido a lo que a veces sucede en Kafka, un surgir y desaparecer de personajes a través de pasadizos absurdos, puertas y corredores ilógicos que perforan hasta la entraña la tiranía robótica de la autarquía. Lo irracional irriga subterráneamente la superficie aritmética: raíz de menos uno, el alma, como el óxido que hace que los engranajes de la certeza chirríen.

Pero algo les pasa a las utopías contemporáneas que siempre acaban mal, que siempre acaban como empiezan. Vuelta a empezar en sus universos finitos, donde sus revoluciones siempre se experimentan como la última.

Y varias historias de amor e ingratitud.