"H. P. Lovecraft. Contra el mundo, contra la vida" por M. Houellebecq



Siempre he estado enamorado de la literatura de ficción, entendiendo "ficción" en un sentido radical y estricto, como ese umbral tendido en las letras que nos catapulta al maravilloso mundo de los sueños, en este caso, pesadillas. Y es que temblar de noche mientras se desliza la mirada sobre las líneas que alguien nos presta es, bajo mi punto de vista, uno de los grandes placeres de la vida.
Siempre he estado enamorado de los sueños de H. P. Lovecraft, desde mis más tiernos inicios como lector, sintiendo que aquella aventura a la que me entregaba en sus obras tenía un punto de ilegalidad terrible de la que los mayores que me rodeaban trataban de protegerme advirtiéndome que, lejos de dejarme indiferente, me arrastraría a incómodos terrores nocturnos, y no se equivocaban, pero de eso se trataba.


Vuelvo de vez en cuando a visitar aquellas sombras y, gracias al cielo, nada a cambiado, y la espantosa tensión del pánico vuelve a abrazarme cada vez que regreso. Gracias Howard, por tu terrible soledad nutricia y prolífica.
Dejando a un lado esta pequeña advertencia sobre lo subjetivo de mi juicio, que inevitablemente merma la posibilidad de una crítica científica, en caso de que pudiera haberla alguna vez, sobre el autor objeto, abandono la intención de realizarla y propongo al lector una intervención objetiva interesantísima de otro. Un estudio sobre Lovecraft realizado por M. Houellebecq.
Y el placer, entonces, se multiplica. Teniendo en cuenta que soy un gran admirador del francés.
Lejos de aparecer como otro manifiesto erótico fatalista houellebecquiano, la obra, en primer lugar, es, o al menos así me ha parecido, una preciosa apología del autor de la Llamada del Cthulhu, Dagon o En las montañas de la locura, una defensa del forjador de una mitología contemporánea, del Homero del terror material, paralelismo expresado por el propio Houellebecq en su obra, que, aplicando el genealógico proceder crítico, desentierra el rizoma-lovecraft para descubrir pasadizos y kafkianas puertas que conducen a posiciones como las de Lucrecio y Nietzsche. Pero las resonancias no acaban ahí, y tal vez las implícitas y no confesadas tengan un interés superior: afirmaciones como las de que la obra lovecraftiana es una máquina suicida encargada de la disolución del yo, que se cuela por los huecos de la malla de la racionalidad poniendo a su vez en juego devenires monstruosos, es algo que a los lectores de Deleuze, por ejemplo, puede resultar simpáticamente atractivo y sustancioso. Al fin y al cabo, toda literatura, o casi toda, es una disección de lo innombrable...
Pero el interés no acaba ahí, es, además, nutritivamente importante rastrear de la mano de Houellebecq el testamento filosófico de Lovecraft, la posibilidad de una fenomenología del asombro y el pánico fundada en el horror material cósmico y en las leyes de la maldad y el egoísmo, en un mundo sin dinero ni sexo, sorprendente, que da lugar a su posición antirrealista y, en gran medida a ese estar contra la vida.
Y en gran medida cabe destacar los rasgos formales detectados en la obra, tales como la puesta en juego de una "arquitectura total" o una totalización de los espacios, la constante transformación de lo ordinario en pesadilla, el empleo poético de términos científicos y la liberación del pánico de cualquier consideración psicologizante...
Ya saben, léanlo y piensen si la vida es el mal.