"Firmin" de Sam Savage.

Las ratas no pueden leer.

Como decía K. Lorenz, somos lo más parecido a las ratas. Pero, entre otras no menos significativas, una sutil diferencia espanta de nuestras almas tal identificación: algunos soñamos. Si no, sólo somos monstruos, sólo hay parte ratonil.
Como en la mayoría de las nuestras, "la vida de las ratas es corta y está llena de dolor; llena de dolor pero se acaba pronto; y, sin embargo, se nos antoja larga mientras dura". Si algo consuela y cura la decepción, la desesperanza, la decadencia y el fin de los tiempos particular, es la ficción, y el apocalipsis vuelve cuando la duración fantástica termina. Esa imposibilidad del sueño es la historia de Firmin, un volver a ser rata después de un mundo sin libros. Ser rata después de ser Quijote en Boston, después de soñar y vivir los sueños.
De madre descuidadamente alcohólica en sus atenciones y rodeada de un tropel de roedores hermanos sin fraternidad que le impiden amamantarse, ha de devorar libros para sobrevivir. En la frugal pitanza de papel y tinta sucede el milagro: la rata aprende a leer, con voracidad. Fenomenología de la gastronomía bibliófila. Antropología del psiquismo enamorado de las palabras bellas. Porque si algo es Firmin, lo es por compartir con el género humano su genialidad y su locura, su memoria y la conciencia de la isonomía de la existencia ante la muerte, que se opaca, sólo en parte, viviendo otros mundos posibles y escritos, a golpe de empatía. Lo que no puede ser.
Porque la moraleja es pesimista, y poco a poco se hunde, con humor e ironía, como todo buen pesimismo, en lo que es. Firmin deja de ser un monstruo al ahuyentar de sí su devenir-humano, al recuperar, para morir, su esencia roedora. La muerte es la rateidad del ser que sueña, quedar reducido al miserable sustrato orgánico que nos hace indistinguibles de una rata.