"Los derechos de los animales" de Henry S. Salt


“Es a nosotros mismos a quienes dañamos, a nuestros propios instintos vitales, al pisotear los derechos de otros seres, humanos o animales, sobre los que nos acontece tener jurisdicción.”

Resulta curioso descubrir que el primero de los tratados escritos como apología de los derechos de los seres irracionales surgiera como contestación burlona a las pretensiones que el movimiento feminista en sus orígenes puso en juego. No habría habido “Vindication of the Rights of Brutes”, de Thomas Taylor, de no haber sido por el “Vindication of the Rights of Women” de Mary Wollstonecraft, allá por los noventa del siglo xviii. Es un lugar común citar esta anécdota en la mayoría de textos que se aproximan a esta cuestión. ¿Son los derechos un asunto estrictamente humano o por el contrario todo ser susceptible de experimentar placer y dolor debe ser respetado?

El objeto de esta reseña fue escrito por Henry S. Salt, pionero del vegetarianismo teórico y del animalismo contemporáneos y, además, poco conocido o citado no sólo por el común de los lectores sino que también en los círculos académicos, al contrario de lo que sucede con algunos de los que fueron sus amigos, tales como George Bernard Shaw, Chesterton, Havelock Ellis o Gandhi.

Su posición antiespecista se asienta en la tradición empirista ilustrada y en sus derroteros pragmatistas. No en vano el texto comienza con una cita de Bentham:
“El legislador debe prohibir todo aquello que pueda servir para conducir a la crueldad... Y también es adecuado, por idéntica razón, prohibir toda clase de crueldad hacia los animales, ya sea como modo de diversión o satisfacer la glotonería. Las peleas de gallos, las corridas de toros, la caza de liebres y zorros, la pesca y otras diversiones de la misma especie suponen, por necesidad, bien la ausencia de reflexión o un fondo de inhumanidad, ya que producen los más agudos sufrimientos a seres sensibles y la muerte más dolorosa y prolongada que imaginarse pueda. ¿Por qué ha de negar la ley su protección a todo ser dotado de sensibilidad? Llegará el tiempo en que la humanidad extenderá su manto sobre todo cuanto respira. Hemos comenzado por reparar la situación de los esclavos; terminaremos por aliviar la de todos los animales que nos asisten en nuestras labores o atienden nuestras necesidades.”

La obra se divide en varios apartados que sirven de cartografía de la inhumanidad humana, “una enumeración de los males que les hacemos sufrir, unas historia de crueldades e injusticias”, líneas maestras que se han preservado en la mayoría de tratados de teoría animalista.
Comienza con la fundamentación ética de la praxis justa hacia la totalidad de los seres dotados de sistema nervioso, le siguen apartados concernientes al trato dispensado a los animales domésticos y salvajes, un análisis de los métodos y las consecuencias de la práctica carnívora, la crítica a la tortura y el vilipendio como forma de diversión, otro que señala hacia la vanidad humana como uno de los orígenes de la crueldad, el repudio de la vivisección y las falacias que la justifican como herramienta del progreso científico, un proyecto de reforma y una interesantísima bibliografía comentada.

A lo largo del discurso no dejan de aparecer una serie términos que caracterizan la condición humana, a saber, brutalidad, crueldad, estulticia, maldad, violencia, vulgaridad y barbarie. Toda una toma de posición antropológica.

El maltrato animal se justifica en la afirmación de que existe una diferencia esencial abismal entre los seres irracionales y el homo sapiens, abismo que se abre en las primeras páginas del Génesis y culmina en el racionalismo cartesiano: las bestias existen para servir al hombre, herramientas sin alma y, por lo tanto, incapaces de sentir. Porque varias son las causas, pero escasas. Por un lado la necesaria estupidez en la que se sostienen las sectas: “Les inducen a tal comportamiento la pura ignorancia o la irreflexión, y dejarían inmediatamente de hacerlo si se pudiera conseguir que tomen conciencia de los métodos que se utilizan en esta masacre a gran escala.” Del otro, la prepotencia que caracteriza a los que creen saber y se equivocan defendiendo un mecanicismo encerrado en su ceguera idiota: “La causa primordial de la injusticia del hombre para con los animales inferiores es la creencia de que éstos son meros autómatas, desprovistos de espíritu, carácter e individualidad.”
Así, la tortura sólo puede ser defendida por la semiilustración imbécil. “La tortura experimental es tan apropiada para el estudio del hombre semiilustrado como la actividad cinegética lo es para la diversión del imbécil.” Las creencias religiosas o pseudocientíficas generan una gran cantidad de idiotas prepotentes fáciles de convencer y de engañar. Vivimos en una “sociedad aficionada a tantos engaños y ficciones que nada detesta tanto como la necesidad de mirar de cara a los hechos.” Como en la caverna de Platón, aquellos que defienden y claman respeto para cualquier forma de vida, pasan por locos, aquellos que caen en el pozo de la justicia y defienden derechos para los animales son objeto de la mofa de los crueles esclavos que se deleitan con la sangre y justifican la muerte y el sufrimiento para su mera diversión o capricho. Aunque la realidad más allá de la cueva no sea otra: los animales sufren y no dejamos de poner en juego “la destrucción a gran escala de la manera más despiadada y repugnante”, lo reconozcan o no Jehová, Descartes, Manolete, John Hunter o la Venus de las pieles.
De fondo y en la superficie, no sólo ignorancia, estupidez, hábitos mentales desequilibrados o soberbia, sino también hipocresía: La señora se escandaliza leyendo a Sade mientras come salchichas, disfruta de la Fiesta Nacional, viste abrigos de visón, se unta colágeno en sus arrugas, realiza un máster en psicología conductista o lleva a sus crías rollizas y rosadas de visita al zoo. Sin darse cuenta de que Sade es su prójimo.
Que alguien me explique cómo es posible que Cataluña se erija como abanderada antitaurina y sea la autonomía donde más experimentos con primates se realizan en España...

Quedémonos al menos con esto: “Nada que sea aborrecible, repugnante, intolerable a los instintos generales de la humanidad, es necesario.”
Y con el optimismo ilustrado que fluye entre las líneas y arropa con su esperanza a quienes consideramos urgente y justo defender a las bestias: “Gran parte de lo que resulta imposible en nuestro tiempo podrán realizarlo quienes nos sucedan como natural e inevitable resultado de las reformas que está en nuestra mano iniciar.”